Dimos bien el coñazo, pero regalábamos gildas para un aperitivo tardío.


Una apacible tarde de sábado en la Costa Brava con Tiberi Club.

Hace un tiempo no muy lejano (verano, 2019) todavía te podías acercar a un extraño a menos de un metro, hacerte su colega, regalarle banderillas y contaros cosas. No hacía falta que fuera ninguna hora en particular, no había mamparas y los dos podríais ir en bañador (hasta sin parte de arriba). En TIBERI CLUB SCP somos muy de la vieja usanza. También de la nueva por temas higiénicos… pero la vieja nos pone más. Era mucho más fun.

Esa tarde de sábado de la que hablamos nos encontrábamos Helena Fradera, Miquel Ruiz Planella, Roger Vila y yo, Rocío Iglesias Tejedor, en una pequeña playa llamada Cala Calitjas, con los grados calientes y el sol entre los ojos. Habíamos huido de la ciudad de Barcelona para encontrarnos con las piedrecitas colándose en las alpargatas y los brillos de la orilla que parecen como magia sacada de un sombrero. Y nos pusimos a regalar banderillas -gildas- a todos los asistentes al espectáculo lunar que son las olas rompiendo suave. Les contábamos qué éramos (cuatro muchachotes intentando hacer de Barcelona un lugar interesante en el que comer y beber, meterse en casas de desconocidos, crear un club de local a local y pues disfrutar experiencias culinarias exquisitas aunque muy honestas).

Al principio nos daba un palo de locos. Pero poco a poco nos fuimos metiendo en el papel y acabamos cantando con unos tíos que llevaban una guitarra, haciéndonos amigos de todos y bueno… pese a que había gente que no “adoraba la banderilla” (o te gusta o la odias) pues nosotros defendíamos que lo SALADO, lo VERDE y lo un poco PICANTE era perfecto para un día precioso en el que a las 4 de la tarde no habías ni pensado qué ibas a comer.

¿Por qué gildas?

Queridos, Tiberi Club siempre tiene una respuesta.

La gilda, la reina de las banderillas en vinagre, fue nuestro vehículo experiencial, llámalo performance, llámalo ofrenda o llámalo marketing de guerrilla, (¿al final qué es qué?) porque nos encanta su historia, tradición gastronómica y su sabor. El caso es que estaba un señor en un bar de San Sebastián llamado Vallés –a ver, o esto cuentan en el vasto mundo de Internet ¡eh! Pero nosotros nos lo hemos creído– y pinchó con un palillo una aceituna, una anchoa y una guindilla. Y, ¡ea!, tapita montada. Como estaba en boca de todos la película ‘Gilda’ de Charles Vidor protagonizada por Rita Hayworth, y que creó una gran polémica en España, al cliente y al propietario del bar se les ocurrió bautizarlo como ‘gilda’. Y aquí estamos. Repartiendo banderillas en la costa brava en una bandeja de plata. Nada mal.

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